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Sin saberlo, había cortado de un tijeretazo el hilo del miedo que nos ata a las cosas seguras de cada día.


A pesar de todo, era lunes. Se vendó la herida y salió hacia la oficina. Trataba de no pensar en el dolor para sentirse más fuerte y cuando venía una punzada, respiraba hondo, como le habían enseñado de niña al ponerle inyecciones.
Se le perdía la vista en todo lo que la rodeaba dentro de aquel cubículo de cristal y le resultaba tan extraño como si estuviera dentro de la vida de otra persona. Y tal vez era así, porque ¿dónde estaría ella en ese instante si pudiera elegir cualquier sitio del mundo? En sus brazos, pensó, y una aguja le atravesó el alma desde la herida, y tuvo que sujetarse el estómago con los brazos para soportar el dolor. En esa postura, vio un hilo que colgaba de su silla. Pensó que se le había deshilachado el dobladillo del vestido, pidió unas tijeras y lo cortó sin darle mayor importancia, pues ni aunque hubiera naufragado un barco ante sus ojos le habría podido doler la tragedia más que su propia existencia.



De súbito, empezó a ver en su cabeza paisajes azules, flores y pájaros, gente tocando instrumentos, niños saltando en los charcos y se agarró a la mesa con las manos porque se mareaba y le parecía incluso que podía elevarse. Miró de nuevo a su alrededor y vio con claridad que no quería estar allí. Se levantó sin acordarse del dolor y salió sin pasar la tarjeta de fichar ni dejar razones a nadie.
Se sentó en una terraza bajo una sombrilla, pero en la parte iluminada por los rayos de sol. Pidió una copa de vino blanco, aunque eran las once de la mañana y no solía beber. Cuando llegó el camarero, se levantó y le dio un abrazo, y en lugar de sentirse ambos incómodos, se miraron seguidamente con una enorme sonrisa. El camarero sacó otra copa de vino y se sentó con ella.
-¿Estás de celebración?
-Desde luego -contestó sin dejar de sonreír-. Me marcho de viaje.
-Y ¿adónde vas?
-A un sitio donde no existen los lunes.
Sin saberlo, había cortado de un tijeretazo el hilo del miedo que nos ata a las cosas seguras de cada día. Pensaba seguir andando y pararse solo en los abrazos. Entornaba los ojos para sentir la caricia del sol. Sonreía mientras, porque sabía que la estaba esperando su vida.

—Irela Perea ("El amor y las leyes de Newton). 

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